La Casa de Camp

Son ya algunos años vividos entre estos campos. Cuidados con esfuerzo y trajín de aquellos que por encima de todo aman y disfrutan de la familia. Son ya algunas, las generaciones que han recogido el fruto: aceituna y aceite. Pero por encima de todo van sembrando valores y experiencia junto a estos árboles milenarios.


Nunca se olvida lo que en una infancia deja marca… Las cabañas de caña derrumbadas al primer soplo de viento de mistral, el olor a tierra seca, el carro bien cargado de leña por dos chiquillos, que apenas pueden con él, un bote vacío de mermelada lleno de insectos, pelotas pinchadas en la chumbera, picaduras e hinchazones, avispas, mercromina y vendas, “salvajear” como indios alrededor de la quema de las malas hierbas…

Y ya de adulto, uno desea, que ese espacio mágico, tan vital, nunca pierda la fuerza y la atracción por querer ser vivido por los más jóvenes. Poco a poco el testigo va viajando, nunca sin la incerteza, pero con la ilusión viva, de que la “batalla” perdure por siempre en… “LA CASA DE CAMP”.




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